"La vida me enseñó que a veces no es posible seguir agarrado a las cosas hasta que duelan las manos, hay que saber soltar a tiempo, antes que el dolor sea caro para las manos y las cosas." Sammy Szusterman (1951-) argentino, arquitecto y amigo

viernes, 16 de abril de 2010

verdad a los gritos

El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla
Manuel Vicent, escritor español (1936-)

Detesto la verdad, pero adoro su búsqueda. Su simple posesión genera ese malsano ejercicio de poder. Es ostentación soez y desprecio por el otro, negación impúdica de toda alteridad.
Buscarla, anhelarla y aproximarse a ella es pura delicadeza. Beneficio de duda o maleficio de certeza. Plácida gimnasia de libertad. Bienestar cargado de incertidumbre. Realismo antiidealista.
La Verdad, ahhh, la verdad.
Misteriosa y deseada, inasible y bella, comprometida y áspera, tan frecuentemente cruel o maliciosamente banal.

Sin embargo la verdad es evanescente como la espuma oceánica, misteriosa como el amor, sagrada como el vacío, fragilísima como el cristal. Su dulzura y potencia la hacen inalcanzable, pero alcanzada es tan amarga como el tormento.

Los absolutistas dicen que sólo existe una. La de ellos.
Los relativistas dicen que hay muchas, tantas como relativistas hay.

Los psicoanalistas, bastardos manipuladores del alma, dicen que la verdad está en el inconsciente, y que ellos y sólo ellos tienen la clave, el conocimiento y el talento para descubrirla. Abusan de una verdad que ha sido refutada una y otra vez, atentan contra la culpa infantil de raíz paterno-materna sólo para asfixiarte con la culpa psicoanalítica de una cura mentirosa y esquiva.

Los sacerdotes, falsos mediadores de la divinidad, dicen que la verdad está en Cristo o en Mahoma o en Moisés, de a uno por vez, sin duda alguna y sin compartir la sagrada exclusividad con el otro o con los otros. Un poco de fuego en el pasado alcanzaba para imponer la verdad. Aunque hoy para matizar y con hipócrita tolerancia - muy acorde con los tiempos - sólo de vez en cuando, ecumenizan un poco la humorada.

Los cientificistas, asesinos seriales de la ciencia, estipulan que la verdad es sólo matemática, física, química, biológica o filosófica y que lo que está fuera de todo ello, no existe, es falso. Pregonan a la verdad como científicamente sagrada, tan sagrada como un auto de fe o una explosión termonuclear. La ciencia es el todo, el resto ignorancia. Ciencia verdadera reducida a un único modelo tautológico y poco falsable, tan veraz como la atlántida perdida o el sexo de los elfos.

Los esotéricos de la nueva era, modernos caballos de troya del autoengaño, abogan por abrir tu corazón al misterio sagrado de la verdad, aquél que se desparrama energéticamente por tu ser interior. Y si no lo logras, pues es que estás cerrado, oscurecido, obturado, negado a recibir la luz eterna de la verdad purificadora. Y si no aceptas el manto acogedor del amor celestial, que el humo negro de la magia negra de la bestia negra te castigue en esta vida o en tus otras, pasadas y futuras.

Los doctos, los cultos, los artistas sublimes y los sabios, ególatras impertinentes, expresan que la verdad está en el arte, último refugio de luz ante la barbarie de la masividad insolente e indolente. Arte que sólo ellos expresan, profesan y comprenden. Arte que es puro arte sólo cuando ellos dicen lo que es arte y no es arte lo que esos ignorantes llaman arte, creyendo que son arte sus burdas baratijas populares, migajas del suburbio cultural, execrencias de la democracia.

Los nacionalistas, reaccionarios o populares, infames traidores a la patria humanidad, proclaman a viva voz que la verdad desfila gallarda con sus inmaculadas banderas. Patriotismo ejemplar que marcha bendecido desde el mismísimo cielo, de la sacra tierra, de la mítica masa popular o de la mística sangre eterna. Dios y/o el Pueblo versus la Antipatria-Antipueblo. Y si no os convencemos, sabed que siempre os venceremos. Con la razón de la fuerza. Con esa tibia y dulce argamasa hecha de metal propio y sangre ajena.

Los juristas, leguleyos y letrados, mercaderes de las miserias humanas, expresan que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad habita únicamente en sus expedientes. En papeles oficio ajados de textos ampulosos y grandilocuentes. Lo que no se probó, nunca ocurrió. Decretaron y resolvieron que todos los sentimientos, las emociones y las sensibilidades no constan ni constarán jamás en actas. Sin preocuparse que la verdad humana o divina, fuente de toda razón y justicia, violada y desaparecida hace tiempo fue vista ayer desorientada, arrastrándose por kafkianos pasillos tribunalicios.

Los periodistas políticos, cronistas de la vacuidad, delinean cada mañana su óptimo sentido común, su fidelidad inclaudicable a la verdad, su independencia de poderes privados o estatales. Su compromiso con la inviolabilidad de las fuentes. Siempre ubicados en veredas verdaderas, dentro de toda corrección política, sermoneando a la masa como dios manda y el palo ordena. Defensores temerarios del orden o la rebelión según corresponda al mandato vigente del tiempo en vigencia. Abogados obsesivos de la verdad, valientes guerreros de la autocrítica. La de los otros, por supuesto.

Los políticos profesionales, reyes, tiranos o presidentes, fundamentalistas del pragmatismo acomodaticio, dicen que la verdad es mera y potente cuestión de lateralidad. De lados a izquierdas o lados a derechas. Babor y estribor de un mismo naufragio. Defensores de una verdad fronteriza que expulsa a los otros, los del otro lado, siempre tan malvados y mentirosos, a morar en míseros extramuros. Impulsores de una lateralidad sesgada, visionarios de un sólo ojo, legionarios del engaño. Medias verdades manchadas de impudicia, pero tan absolutas y tan convincentes.

Los arquitectos, falsos propietarios de propiedades ajenas, creemos que la verdad está en nuestras ideas, en nuestra imaginación, en nuestro talento y que cuando nuestros clientes no aceptan nuestras razones es porque están dogmatizados por revistas lustrosas, bastardeados por un genético y pésimo mal gusto. Y cuando la verdad de lo presupuestado inunda los maltrechos bolsillos ajenos, siempre tendremos a mano algún chivo donde expiarnos, sea plomero, constructora, gobierno inflacionario o abusivo corralón de materiales.

Y el desfile puede seguir sin pausa. Es difícil reconocer con cuanta frecuencia manipulamos verdades en beneficio propio. Sea por la causa, los ideales, la justicia, la patria, mi bolsillo o la barriga. Asesinamos verdades en nombre de la sagrada verdad. Sesgamos por conveniencia, denunciamos la mentira del ajeno, exaltando la superioridad moral del prójimo, sólo si es próximo a la nuestra.

Verdades virtuosas. Verdades enmascaradas. Verdades puras. Verdades falaces. Oximorón en estado puro.

Preguntas incomodas para un final verdadero

Y la Verdad, es verdad si es sagrada, absoluta, relativa, única, múltiple, obsesiva, fanática o implacable?
Es verdad la Verdad si en su búsqueda todo vale, si con su posesión todo se avala, si en su altar ella misma se inmola?
Verdaderamente nos fiaremos de la Verdad, si es bandera o estandarte, si es frontera segregadora, si es hoguera purificante, si es escrache ejemplificador?
Es la verdad meta, destino y objetivo o simplemente camino, huella, indicio, sugerencia?
Existe la verdad?
O tal vez vive guarnecida en la mentira, su contraparte más verdadera?

Adoro la verdad, pero detesto poseerla.

4 comentarios:

Dr. Krapp dijo...

¿Qué puedo decirte ante este fantástico texto?
Cualquier comentario mío no mejoraría tu revelación que comparto de forma absoluta. Fíjate, le he llamado revelación y no verdad ya que creo que en el fondo lo que nos interesa encontrar a los buscadores es la revelación y no la verdad. La verdad es todo eso que has dicho pero solo llega a esa posición cuando la revelación se solidifica, se vuelve pesada y dura, se autoreconoce, adquiere consciencia de su poder y sobre todo, tiene que mantenerse en su nuevo status.
La revelación, el deslumbramiento solo puede ser producto de un instante irrepetible, un chispazo único que lo cambia todo. Lo malo es que enseguida quiere conservar su posición y se vuelve pesada y poco dúctil.
Hay muchos que buscan la verdad sin saber que lo que merece la pena es la revelación. Y cuando la tienen ponen mohines raros como los niños pequeños que agarran su juguete contra su pecho para que no se lo quiten. Se sienten felices, llenos y autosuficientes y miran con arrogancia a los “cronopios” que seguimos buscando la revelación y que tras llegar a una, buscamos otra y otra más allá; como esos que van buscando tornados en USA de estado en estado.
Saludos

jazzmen dijo...

Dr: interesante el juego entre verdad y revelación, entre dureza y sutileza, entre la arrogancia de la verdad y la humildad de toda búsqueda.
No por nada los más fanáticos amalgaman amnbos conceptos en "una verdad revelada" única, hostil, fronteriza y decisiva. Y con ello pregonan sin saberlo, al muerte de toda verdad.
un abrazo
miguel

Félix dijo...

A decir verdad me he quedado parado en este artículo y en la elaboración de un comentario que no soy capaza de terminar, debe ser la edad o “la verdad” que como casi siempre se me escapa de los dedos, aunque está en el lugar más importante…la punta de la nariz.
He esperado unos días, unas semanas, para “verificar el inverosímil veredicto” de otros comentaristas, ni por esas.
En verdad te digo que a veces nos dejas sin palabras, aunque casi siempre cuando encontramos la verdad, parte de la verdad, un pequeño rastro de la verdad, también nos quedamos sin palabras.

jazzmen dijo...

un gusto volverte a tener por estos pagos (criollismo autóctono que vendría a ser algo así como: por estos lugares)
un abrazo de verdad
miguel

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